9/11/10

Canino.

Huele a cosas perdidas y a batallas ganadas.
A provisiones merecidas
Boca partida
Personas escarmentadas.
Huele a mi vida.

5/11/10

Un Día Cualquiera.

Saliendo de Calle Sierpes dirección Plaza Nueva. Lo único que atraviesa mis pensamientos es la sensación de que podía haber hecho más. Sólo deseo llegar pronto a la facultad y que por fín sea invierno. Que termine ya este sol insistente en pleno otoño. Me molesta el calor húmedo y el frío seco, este vaivén de estaciones confusas, que tuviese en su mano todas las frases del mundo en un idioma común y cualquier arma de guerra posible y no las aprovechase. Ni una cosa ni la otra. El término medio que tanto detesto. No me gustan las personas que se arrepienten. No son de fiar.
Y en cuanto doblo la esquina del Ayuntamiento, justo a la altura del Cajasol, un chico con bicicleta me rodea y me da un vuelco el corazón. No lo esperaba. Da varias vueltas alrededor mía sonriendo. Llevaba un rato detrás mía, yo había notado su presencia, pero no tenía ni idea de su interés por verme el rostro. Cuando al fín había estado a mi altura y pudo volver la cara, no dudó en rodearme varias veces para observarme mejor. Yo al principio no supe qué hacer, estuve impactada por unos segundos y pensé cualquier cosa menos "le he gustado". Pero entonces él se paró, me dijo "te dejo en paz, pelirroja", me guiñó el ojo y siguió su camino, no sin volverse de nuevo algunos metros más adelante y sonreírme por última vez. Esa vez fui incapaz de no devolverle entera una sonrisa, que me refrescó el sistema nervioso y terminó por completo con mi anterior sensación de desapego y de inestabilidad.
Seguí mi camino, después e haberle perdido de vista, pensando "estas cosas a mí no me pasan" y regalando sonrisas a todos los transeúntes de la Avda de la Constitución. No podía evitar sonreír, llevar de repente conmigo una alegría desbordante que iluminaba mi cara. Más de una persona me miró con desconcierto, pero muchas decidieron devolverme sin problema el gesto y reír conmigo, como si nos conociésemos de algo o hubiésemos sido todos alguna vez guardianes de un mismo secreto.
Ya no tenía frío ni calor. Hacía el mismo sol que ahora, intenso y poco apropiado en esta época del año, pero ya no me estorbaba, como tampoco lo hacía el frío en la sombra de los naranjos. No había logrado recopilar las sonrisas extraídas, como trofeos, de todas esas personas que no saben quién soy. No sé quiénes son, pero me ha alegrado el día haberles hecho reír. Incluso a aquellos que se han reído de mí y no conmigo. Los que no entendieron nada, o incluso los que creían que había algo que entender.
Y todo debido a un tipo que me abordó en una bici. Un simple desconocido. Una persona más entre quinientas mil otras.
Una canica dando sentido al mundo.



-Dedicado a Alejandro Candela Rodríguez.-

1/11/10

Amarillo.

Y en mitad de este cielo resacoso, dos rayos amarillos se asoman desde detrás de una nube gigantesca, perfilando su silueta con líneas de purpurina dorada. Todos saben que la nube no es lo importante. Sino lo que ésta intenta esconder en vano.
Todos esperan al sol.
Hace su entrada triunfal dejando al paisaje mudo, bañado en un silencio brillante y apropiado. Respeto de subordinados, calma. Yo cierro los ojos dejándole dibujarse como círculos rojizos por debajo de mis párpados y noto cómo calienta mi frente y mis orejas. Y luego también mi pelo, que lo recibe sediento e intensificando el tinte. Me pongo la mano sobre el casco y pienso "este sol no lo había en Londres", y es verdad, porque allí nunca importaba estar en la sombra o no. Nunca te sentías hirviendo la cabeza. No hay hora de la siesta, hora crítica de alerta, calor sofocante, verano como el de aquí.
Ahora es otoño, y el sol parece achantarse un poquito con los golpes repentinos de frío y con tanta nube. Pero eso no importa, él aprieta y brilla fuerte y deja callado a todo el que se atreve a retarlo. Si él quiere que haga calor de verdad, aunque sea por momentos, en pleno otoño, lo hará. Su cuerpo desnudo no necesita lenguaje más allá que el propio vómito amarillo que desprende. Abre los brazos y todos bajan la cabeza sin valor de rechistar. Puedes gritarle, pero su respuesta siempre será la más poderosa. Puede el frío congelar árboles y el viento romperlos y llevarse por delante todas sus hojas y su fruto, pero al llegar la mañana, muy poco a poco, su beso rosa y templado volverá a abrir cada tallo con la esperanza de un día nuevo, y a iluminar y secar todo el llanto derramado a lo largo de la noche.
Su rutina no le cansa, no le hace plantearse su puesto ni su trabajo. Hace lo que sólo él sabe hacer, y lo hace todos los días. Y, con esto y con todo, no alardea de sus logros. No le hace falta.
Todos los planetas giran rodeándolo con envidia. Todos bailan fascinados alrededor de él. Y ni Marte con sus leyendas, ni Saturno con sus anillos, ni Júpiter con su tamaño, logran igualar al astro más hermoso de todos.
La tierra se levanta, tan absurda y arrogante como siempre, tan ruidosa y protestona como desde que nació, y se atreve a decirle cara a cara:
-Yo tengo mares, montañas, vida en todas las formas posibles, ciudades, imperios, plantas de todos los colores y tamaños, ríos, selvas, bosques, lenguas, música y literatura.
Y tú, abriendo de par en par tus preciosos ojos blancos, separando tus pestañas y mostrándolas sin miedo, le contestas:
-Sí, pero sin mí nada de eso te sirve.

30/10/10

Pacífico.

No hay calle. En su lugar hay una foto que parpadea en plena tarde y que parece querer salirse del marco que la rodea a lágrima viva. Entre miopía y globos de color violeta que se inflan y explotan. Todo está borroso, nublado y vibrante. Una estrella deforme se dibuja en el asfalto, la sombra de una luz tenue de farola sumergida en un océano de hormigas muertas, flotantes y mal olientes. El perfume a humedad cala en los huesos y en el tímpano. Aquí dentro, al otro lado del cristal, no llegan los golpes de lluvia ni el viento rabioso. No llega ni el frío. Sólo puedo observar, abrir un poco (sólo un poco) la ventana y oler a agua. Escuchar atentamente cómo chocan las gotas contra el suelo. Ver las macetas rebosar y los geranios partirse. Ver los ríos formarse en el margen de la acera y acelerarse hasta entrar por las alcantarillas. Predecir, hacer fotos y escribirlo.
Los días de lluvia en la sierra son en esencia distintos. Aquí ES otoño. Desde todas las perspectivas posibles, desde todos los enfoques, de todas las maneras. Es verdaderamente puro otoño. Se deshacen los árboles uno detrás de otro y se rinden contra el cielo. Las hojas acarician sus troncos amarillas, brillantes como focos de los coches, de mil formas y apestando a castaña mojada. Aquí todo huele a castaña, a castaño, a madera mojada, a candela quemada, a humo dentro de las casas y a naturaleza en celo fuera de ellas. A tierra.
Aquí un día de lluvia no puedes coger el paragüas y salir a pasear. No es Sevilla. No hay ningún autobús que te ampare en ninguna bocacalle. Aquí sólo existe el viento y el frío que con éste arrastra un cielo opaco cuajado de nubes.
El agua no es agua de vapor y de plástico urbano, sino agua que acaricia justo antes de caer montañas y piedras, y se ha estancado en lagos helados y llenos de larvas de insectos y tallos de flores. Agua de nieve en lo alto que termina siendo parte de calles intransitables. Agua potable desde antes de que cayese, y que también huele a sierra. A humedad y a curva estrecha, cerrada, resbaladiza.
Es como estar dentro de la boca de una serpiente gigante, que te muestra sus dientes solamente por probarte que los tiene, aunque no estén afilados. Su vendaval provoca dolores de cabeza magistrales, pero abre los orificios de la nariz. Y los ojos. Un frío que parece que hiere pero que no lo consigue. ¿Por qué? Porque sabemos que es nuestro. Es naturaleza. Es Dios si es que hay Dios. Es su aliento de cambio de estado. La gestación de un invierno prematuro y elegante. Roto y decidido a actuar. Valiente.
Yo siempre he amado el otoño. Es la estación más literaria de todo el año.
Pero ahora además amo el otoño en la sierra.

24/10/10

Saliva.

Tengo sed y no bebo. La aguanto como si fuesen a darme un premio por eso.
Será porque llevo días, semanas incluso, sin escribir.
He puesto varias lavadoras, he terminado dos trabajos para la facultad y he salido de marcha con amigos.
Y no escribo desde hace unos ochenta milenios.
Y ya me río sin saber si estoy triste o estoy contenta, si me da igual o me importa, si me he resfriado o no. Toso, trago saliva y ordeno la habitación, que al rato vuelve a estar desordenada otra vez. Pienso "tengo frío", pero no hago absolutamente nada por cambiarlo. No me levanto y voy a por un chaleco. No llamo a mi hermana para que me lo traiga.
Me muero de la sed, me duele hasta la garganta de la sequedad que arrastro. Sincera y literalmente.
Y no se me ocurre beber.

19/10/10

A Dos o Tres.

Arrastrando las serpientes voy andando
Por la acera
Voy tirando de la cuerda y las estrellas
Se mecen.
Y escribo como me viene
No como los otros quieren
No como los de antes quieren
No como dicen y esperan.
Obrero de la palabra
Es así como lo sientes.
Balas. Balas.
Esta sangre no se calma
Se me tatúa en el alma
Y en el vientre.
Es un dictador extremo e implacable
Como la lluvia.
No le importa que sea tarde
Que caducase el momento
Que ya no quieras que pasen.
Pasan.
Pero no se quedan dentro.

17/10/10

Forma y Contenido.

Tantas cosas por decir aunque siempre diga tanto. Yo, que nunca me callo. Que alardeo por ahí de atacar siempre de frente. Yo. La misma que te lloraba diciendo "abre el pestillo". La misma que prefería el sol a la lluvia.
No me hundas en el silencio de mi propia invalidez. No te quedes quieto viendo cómo saboreo mi impotencia. Hay que tener piedad de los desamparados, y al fin y al cabo, es lo que me debes.
Dejando atrás todas las luchas imaginables, me cubrí hasta la cabeza con mi sábana de invierno y forcé los lagrimales como los niños desinflan las bolsas de patatas. A pataleta limpia. No me quedó en el cuerpo un grano de esperanza por masticar y escupir, no quedó libro importante en mi estantería, ni nadie tan guapo como para conservar su póster en la puerta de mi armario. Y, joder, ¿cómo decir lo que sea que tengamos que decir sin sonar igual que otros que ya lo hayan dicho antes? Siempre hay algo que decir. Siempre hay alguien guapo suelto por revistas. Siempre hay libros a los que quitarle el polvo.
Ya ves, ahora me cuesta hasta trabajo llorar. Tiene una lógica aplastante y conmovedora. Soy de ojos secos y corazón rancio.
Soy la misma niñata quisquillosa e inestable que te escribía poemas de despecho y rencor en su cuaderno de Textos Literarios 101. La misma voluntaria que ni se paró a mirar el resultado al tirar de la palanca. La misma que decía "si ya estoy de puta madre, ya no tengo nada por lo que llorar; además, me cuesta que me salgan las lágrimas", y luego, bajo el agua hirviendo de la ducha, tenía que soportar una injusta derrota frente a sí misma. Llorar ya es normal, ya ha perdido todo el drama. Ya todo el mundo llora. Ya no aporta nada nuevo decir que has llorado, ni tocas la fibra sensible de nadie.
Me desnudaba frente al espejo y me daba asco, pena.
Me eché un perfume malo y barato, de la tienda de los chinos que hace esquina en la avenida Miraflores, para que tú me mirases.
Apoyé mi cabeza en el cristal del autobús. Ya hace años que asimilé eso, que nadie iba a ser capaz. No grito para que comprendan nada, sino porque esta es mi vida y tengo derecho a gritarla. Siguiente parada: Puerta Osario. Nublado con sol. Me quité la chaqueta y jugué con los botones. Como si la comprensión de cuatro desconocidos fuese a servirme de algo. Nada novedoso. Llorar no da pena. Y nunca he sido de corazón rancio.
No escribo para pedir nada. Nunca lo he hecho. Es sacrilegio.
No escribo para competir por nada. Es sacrilegio.
No escribo para hacer un circo ambulante de mis heridas.
No escribo porque me digan que debo hacerlo.
Es sacrilegio.
A veces es mejor recurrir al lenguaje llano y honesto del día a día para expresar bien lo que queremos decir. Para que llegue con claridad al lector. Al oyente. A la víctima. Al suelo.
Aunque no suene brillante.
Aunque no suene original.
No quiero perderte. No te quiero perder.
Por nada del mundo.